El olor a pan y la lección de la señora Carme

Los sábados no solo hay mercado en la plaza, también está el horno de la señora Carme, que abre sus puertas a las seis de la mañana. Yo paso por allí después de comprar las verduras, cuando el sol ya empieza a calentar las piedras del suelo. El horno es un lugar pequeño, con las paredes manchadas por el humo y el calor de tantos años. Carme me conoce ya, y cada vez que entro me dice: —Hoy te he guardado una hogaza de las grandes. Ella es una mujer menuda, de manos rápidas y mirada clara. Mientras amasa, me cuenta historias de cuando el pueblo no tenía luz eléctrica, de cómo se ayudaban entre vecinos para recoger la aceituna, de las bodas que duraban tres días. Yo me siento en una silla de madera junto al horno y la escucho, mientras el olor a pan recién horneado lo llena todo. No hay prisa, no hay reloj. Solo la masa que crece, el fuego que crepita y la voz de Carme, que parece llevar siglos contando lo mismo y siempre encuentra un detalle nuevo. Hoy me ha enseñado a hacer pan de higos. Me ha puesto harina en las manos, me ha guiado los dedos para mezclar los frutos secos con la masa. —No tengas miedo de ensuciarte —me ha dicho—. El pan, como la vida, se hace con las manos y con paciencia. Cuando salió del horno, dorado y crujiente, partió un trozo caliente y me lo ofreció con un poco de aceite. Nunca había probado nada igual. Mientras masticaba, entendí que aquí las cosas buenas no se compran, se heredan, se aprenden, se comparten en una cocina pequeña donde el tiempo no importa. Salí del horno con el pan caliente entre mis brazos, como si llevara un tesoro. El pueblo despertaba a mi alrededor, pero yo ya tenía lo más importante de la mañana: una historia, un sabor nuevo y el cariño de la señora Carme.(Tienda de Camisetas Fútbol Baratas-7camiseta-com)

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